Quizá fue la caricia de tu faz sobre mi descreída mirada la que formó mi opinión sobre los últimos hechos. Simplemente, no quise creer que tus finos labios o tu grave voz fueran a eliminar mis miedos a la vida o que quizá iban a devolverme la ya tan derruida esperanza sino aquel segundo, entre tus manos y mi piel, entre tu boca y mi torso, la que me hizo retroceder. Era inoportuno no sentir la locura que me hubiera llevado al final, puesto que sin sentirla el freno ya estaba echado, así como inoportuna era tu tez pálida, tus rasgos duros y la inocencia de tu sonrisa cerca de mí, ya se sabe que de la candidez se debe desconfiar, siempre atrae el peor de los peligros: la destrucción. No puede terminar de destruirse un templo ya en ruinas, como no debe destruirse un templo en plena construcción, e icé bandera blanca ante la inminente invasión en plena reconstrucción. A la espera de liturgia, quizá hasta de una plegaria, en un último esfuerzo tomaste mis manos destrozadas, sin suerte. Ni una palabra sobre el hecho, ni un mísero lo siento, fría marché por la puerta, dejando todo como estaba, inocente, puro y angelical tu corazón con tu oscura intención de "revivir" mi esperanza, pero ella no residía en tus ansías por encontrar en mí, esa luz.