13. Eran las ilusiones perdidas de la joven Magdalena, que lloraba aquel día de Febrero, se sentía mal, su salud iba a peor y sus penas eran como voces que se clavaban en sus oídos con el aliento en las sienes. Sentía los colmillos de su corazón apretándole fuerte los pocos sentimientos que le quedaban, se ahogaba en un vaso de agua y solo quería huir, gritar, canturrear bajo la lluvia. Desierto, así estaba todo en aquella ciudad, salió a andar, llovía, las gotas rozaban su piel erizada por el frío, le vio, estaba en aquella esquina, tocando su guitarra. Lo miró, no era su amor perdido, parecía alguien mejor pero no se detuvo, solo echo unas monedas en su funda, a pesar de que no pedía. Le dio las gracias por estar tocando Wonderwall, él le dono el gesto precioso de tocarse el gorro y sonreirle con un atisbo de felicidad. Días después, ella se lo encontró de casualidad saliendo de clase y la tomo del brazo:
-Perdone... ¿es la chica que echo dinero en mi funda?
-Si, soy yo. Me llamo Magda, encantada.
-Andrés, pero no debió echarla...
-Solo fue por melancolía. Esa canción me ha acompañado en los momentos más tristes de mi vida.
-Una chica como tú, no merece momentos tristes. Ni mala salud, se te nota que estas cansada, desilusionada, necesitada de una nueva ilusión.
-No más ilusiones, por cierto, Feliz San Valentín.
-Gracias, pero ni lo creo, ni tengo con quien celebrarlo.
Se dieron dos besos, y él le susurro que tan agradable era el aroma de su cabello, acariciando lentamente su espalda; susurrándole al oído, ella se quedo parada, nunca había sentido esas ganas de quedarse quieta, disfrutando del momento, su olor era agradable como una mezcla de maderas y lluvia. Sin prisa, hablaron un rato, hasta que Magda salió corriendo porque se le hacía tarde y él le grito: ¡Pero dame tu teléfono!
Y susurró en soledad: quédate conmigo, eres mi hogar...
Ana Belén.
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