lunes, 18 de abril de 2016

Asomada al quicio del precipicio

         Ensimismada en el quicio del precipicio, resumía su vida en un pensamiento, un final tenías razón que le dolía más que todas aquellas lágrimas que recogía la almohada en señal de duelo, la inmensidad absorbía sus pensamientos y sintió la caricia de una mano invisible rodeando su cintura, sosteniéndola para no caer y susurrándole fuertemente: mi niña, sé que vas a volver.  Se negaba, la definición de su estado era letargo, el sueño de su alma era tan profundo que ni un pequeño atisbo de luz podrían devolverla a su estado, ya desconocido después de años donde el tipo de felicidad que buscaba había llegado infielmente y arco en mano.

         Asomada al mundo, una ráfaga de viento parecía empujarla al final, al vacío que ella sentía y al que se quería entregar, pero una presencia extraña, que hasta entonces no había sentido fue la que la sostuvo. Esta vez era algo más real, respiraba en su nuca nervioso, sus manos sostenían su estrecha cintura y susurró varias veces: pequeña, ni un paso más. Entonces con el corazón en un puño, se giró,  sus facciones le eran conocidas, su voz profunda no era de aquel mundo sino del anterior y en el sueño, largo y tendido desando su camino de la mano de aquel más que conocido viejo amor, volvió al principio y pidió perdón de corazón.

        Despertó, la luna llena aún se asomaba por la ventana y su corazón fuerte decidió empezar a sanar, el llanto quedó en la almohada, en sus manos solo el vaho de su sonrisa porque se supo perdonar.


Ana Belén Úbeda Bernal

No hay comentarios:

Publicar un comentario