Las tinieblas se apoderaron de aquel parque céntrico como si se tratará del humo más oscuro en el fondo del abismo, las farolas ya viejas y sin mantenimiento desde hace meses no procuraban la suficiente luz y eso hacia mayor el gozo de los amantes en aquella noche sin luna y digamos que también sin dueña. Los bancos no eran demasiado nuevos y la madera chirriaba con solo apoyarse en ella, todo era sombrío, lúgubre, desalentador, se parecía demasiado al corazón del que paseaba sin rumbo fijo, sin más nombre que el de su dni, sin más vida que la de sus cascos ya grandes y desfasados de marca Sony, allí estaba él contemplándose desolado y preso de su propio reflejo en aquel lugar. Se escuchaban aullidos a los lejos, pisadas pesadas de hombres que buscaban mujeres de vida alegre, aunque él era ajeno a los vicios, hacia mucho que había dejado de salir a bailar, de beber, de conocer chicas de su edad, hacia mucho que había dejado de vivir para ser el bohemio y solitario chico del parque. Mientras tarareaba una canción de Thousand Foot Crutch recordaba aquel lugar que había construido en la cochera de sus padres, aquella guitarra, su viejo Chevrolet rojo, sus banderas de otros países, el calor de la vieja estufa y se preguntaba cómo había llegado a apartarse de todo el mundo, como se había convertido en aquel monstruo. No halló la respuesta, más una luz se encendió en el fondo de su corazón y recorrió con ardor su cuerpo, lo sintió, era aquel escalofrío parecido a un aviso de muerte, el roce de algo metálico sobre su nuca y la sensación de locura apoderándose de su pecho. Se giro y estaba allí, su delatora, su único amor, la mujer que le había hecho alejarse del mundo, lo apuntaba con una pistola y deseaba matarlo con sus propias manos. "¿Qué haces?" susurró su corazón, más no su cuerpo que deseaba la muerte, ella estaba a punto de apretar el gatillo cuando volvió a ocurrir... Su pecho se hincho sin remedio por la rabia, se puso a cuatro patas, el pelo comenzó a salir y destruyo sus ropajes, asomaron unas garras gigantes de sus manos que ahora eran patas, las fauces cubrieron sus tiernos dientes y su cara se transformo a un canino aspecto. Pero Luna no se amedrento otra vez, lo cogió con fuerza por el pescuezo, retorció su cabeza, lo tumbo y apretó el gatillo con decisión, "no permitiré que marques a otra mujer". Y allí quedo tumbado, convertido en hombre con la mano en el corazón susurrando su último te amo humano a Luna mientras trataba de agarrar su mano por última vez...
Ana Belén Úbeda Bernal
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