los pájaros cada vez más grandes y coloridos,
cubrían el espacio entre los árboles de vida,
de verdes, de rojos, de naranjas,
daban alegría al día de la selva más peligrosa, y a la vez,
se escondían para pasar la noche escondidos de las bestias,
de jaguares silenciosos y disimulados que ahora,
cazaban de noche.
Mientras los guacamayos trataban de dialogar
con caimanes negros para interceder
por sus coetáneos ante el rey, el jaguar,
allá en el Amazonas, la fauna se divertía
y se atemorizaba del ciclo de la vida.
Peligrando sus vidas llamaban al tucan,
al emblemático delfín rosa
bajo las risas del omnívoro tamarino
que saltando de árbol en árbol
huye del jaguar y habla con los pájaros.
Y aquellos más fuertes no luchaban
contra la injusticia, sino que dejaban que la vida
se fuera con la vida, vida en manos de otro,
del carnívoro, del rápido, del ambicioso ser humano.
Ana Belén Úbeda.
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