lunes, 13 de abril de 2015

Contra el destino obcecado


        “No les pilló de sorpresa aquel destello humeante que cubría sus dudas, dudas que conformaban, por un lado, la carta abierta hacia un mundo de posibilidades sensitivas, y, por otro lado, el peligro de rozar labios prohibidos. Durante el abrazo, en un instante imperceptible, sus sombras se besaron en la pared antes que ellos, el poder de la imaginación ante el miedo era incuestionable. Se apartaron velozmente, cada uno en una pared, distanciados, escudriñándose de nuevo, con curiosidad, con temor, con amor de aquel que no se dice, que solo se confiesa en miradas. La luz del jardín se apagaba y se encendía como un guiño, cada vez más acompasado al ritmo de sus corazones, que daba la señal de pausa y reanudación a sus pasos hacia el otro.  
      
       Se acercaban lento y con la misma lentitud volvían hacia atrás, se dolían, se amaban, se echaban de menos, eran humo y sombras, con aspiración a ser una única luz. Impenetrables se sentían de nuevo al acariciarse, el baile nunca acababa, una pared invisible los separaba. Llámalo ideas, llámalo distancia, llámalo quizá el detestable destino del no-ser o del no-ser ahora, pero lo mismo que conseguía juntarlos en un lugar, volvía a separarlos con cruenta y tenebrosa impaciencia. 

      El cansancio cada día era mayor, y él, incapaz de acatar un destino cruel, rompió la invisible barrera, planeo de nuevo un encuentro esta vez posible, las caricias rodaron por aquella piel nívea y radiante que se dejó caer sobre sus fuertes convicciones. Un héroe obcecado, que no se rinde, dicen, que siempre consigue sus propósitos. El amor tan imposible fue confesado, se unieron en un largo y apasionante beso, bastante parecido al de sus sombras, y el baile tan pausado acabo con el no-ser, pero sin un final determinado, juntos, esperando su destino, disfrutando cada enlace de manos.”

Ana Belén Úbeda Bernal

No hay comentarios:

Publicar un comentario